El 11 de septiembre de 2001, dos aviones cambiaron la historia y la fisonomía de Nueva York. El nuevo World Trade Center, memorial y símbolo de confianza en el futuro, ha cerrado la herida física del atentado, pero su recuerdo sigue vivo.

POR RODRIGO PADILLA

Lo primero es una doble sensación de irrealidad. Porque caminar por Nueva York es como hacerlo por una película de decorados trillados. Los rincones familiares, habitados por figurantes salidos de alguna serie, se suceden a lo largo de sus calles. Pero al acercarse al World Trade Center se produce un fenómeno diferente. Las imágenes que nuestra memoria superpone a lo que vemos ya no están sacadas de las películas, sino de los informativos y documentales sobre lo sucedido aquel 11 de septiembre de 2001. Aquella tragedia, a su vez, era demasiado espectacular para no ser parte de una terrible ficción. Esa realidad de película golpeó el corazón de Nueva York, por eso al principio visitar la Zona Cero es como entrar en un docudrama sobre el final de la historia y el comienzo del incierto futuro, pero poco a poco acaba siendo un canto al coraje cotidiano de los neoyorquinos.

La reconstrucción de la zona arrasada en los atentados, planteada de primeras como una reivindicación, es decir, «hagamos algo aún más grande», se fue permeando de un espíritu diferente. La gente sintió desde el principio la necesidad de acudir al lugar, de ver con sus propios ojos el escenario de aquel terror televisado y, sobre todo, de mostrar solidaridad. Por su parte, los familiares de las víctimas y los supervivientes querían un sitio donde poder rendir homenaje a los desparecidos y contar su experiencia. Así, mientras los proyectos oficiales para el nuevo World Trade Center se demoraban, una asociación de víctimas abrió el Tribute Center en 2006. Es un lugar pequeño, íntimo, con las paredes cubiertas de fotos, mensajes y objetos personales.Nueva York cicatriza 9Manhattan desde Liberty State Park (New Jersey), con dos vigas del World Trace Center.

 

Este carácter acabó marcando también la forma elegida para recordar a las Torres Gemelas. Se impuso un proyecto sencillo, que reforzaba el mensaje de ausencia y cedía el protagonismo al hueco que la desaparición de los rascacielos y de tantos neoyorquinos dejó en la ciudad: dos grandes piscinas de unos nueve metros de profundidad ocupan el emplazamiento exacto de las torres. En sus bordes están grabados los nombres de todas las personas que perdieron la vida en los atentados. El agua de las cascadas que se deslizan por sus paredes aporta un telón sonoro que invita al recogimiento. Desde su inauguración en septiembre de 2011, este Memorial Plaza concentra buena parte de la emotividad que irradia de la Zona Cero.

El Memorial Museum completa este espacio dedicado al recuerdo. Abierto en mayo de 2014, cuenta la historia del World Trade Center, su construcción, destrucción y reconstrucción. Relativamente modesto por fuera, alberga gigantescos espacios subterráneos. Los propios cimientos de la Torre Sur cierran el espacio en unas salas que guardan piezas enormes, como la última de las columnas retiradas durante el desescombro, un trozo de la antena de televisión de la Torre Norte, el motor de uno de los ascensores, un camión de bomberos sepultado por el derrumbe… Pero lo pequeño, lo humano, vuelve a aparecer en la forma de cientos de objetos personales de los supervivientes, imágenes de las víctimas, vídeos, voces grabadas que ponen los pelos de punta… El resultado aúna las dimensiones de un acontecimiento histórico y las pequeñas historias personales.Nueva York cicatriza 6El Memorial Museum guarda en su interior enormes espacios llenos de recuerdos.

 

En líneas generales, la reconstrucción del World Trade Center empieza a presentar un aspecto bastante acabado. Algunas de las torres menores se concluyeron hace años, otras tienen prevista su inauguración entre 2018 y 2020. Pero la más importante de todas, el One World Trace Center, preside con sus 541 metros el skyline neoyorquino desde noviembre de 2014. Su altura en pies, 1.776, corresponde al año de la declaración de independencia de Estados Unidos. Este carácter patriótico también se percibe en su nombre, The Freedom Tower, la torre de la libertad, aunque este término parece estar cayendo en desuso, quizá una prueba más de esa normalidad con que los neoyorquinos quieren afrontar los sucesos de 2001. Mientras que el edificio no ha recibido buenas críticas por su diseño, una de las atracciones que alberga se ha convertido rápidamente en un éxito de público: el One World Observatory. Situado en la planta 102, es toda una experiencia que empieza en el enorme hall de entrada al edificio, adquiere un carácter espectacular en los 60 segundos de vertiginosa subida en ascensor y culmina cuando se alzan los paneles que cubren los ventanales del mirador y Nueva York entero te entra por los ojos, barrio tras barrio en una panorámica de 360 grados.

Nueva York cicatrizaVista actual de la Zona Cero, con la Memorial Plaza en primer término.

 

A los pies del rascacielos se encuentra la última gran construcción pensada como emblema del nuevo World Trade Center. Se trata del Hub, el centro de transportes diseñado por Santiago Calatrava, con grandes piezas alargadas de color blanco que quieren formar las alas de una paloma y con una gran claraboya en su base, el Oculus, bajo la que confluyen 11 líneas de metro y un laberinto de tiendas, oficinas y restaurantes. Obra del mismo arquitecto es Liberty Park, un jardín construido sobre plataformas elevadas y abierto desde hace unos meses.

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Estas muestras de monumentalidad encuentran de nuevo su contrapeso a escasos metros, en la capilla de St. Paul. La pequeña iglesia de 1699 sobrevivió al derrumbe de los edificios que la rodeaban y, durante las primeras labores de rescate y desescombro, se convirtió en un oasis donde los operarios podían reponer fuerzas, y también en el primer altar que se llenó de fotos de desaparecidos.

Este toque emotivo siempre acaba apareciendo en la Zona Cero. Está presente en la fachada del Parque de bomberos número 10, el más próximo a las torres y donde ahora luce un enorme mural de bronce de 17 metros de lado, el FDNY Memorial Wall, homenaje a los bomberos fallecidos aquel día. También en el llamado Árbol Superviviente, un pequeño peral encontrado vivo entre los escombros y trasplantado con mimo. O en la escultura del ejecutivo de Wall Street comprobando su maletín y que, cubierta de polvo tras el derrumbe de las torres, se convirtió en símbolo de aquellos que salían del infierno con la mirada perdida. O en el impactante Empty Sky, dos paredes paralelas de acero situadas en la otra orilla del Hudson. Contempladas desde el ángulo adecuado, adquieren la forma y el tamaño de las torres y ocupan su lugar en un skyline que se quedó vacío y huérfano aquel 11 de septiembre de hace 15 años, un día que cambió la historia pero que no pudo cambiar el espíritu de una ciudad y de sus habitantes.