Stephen Urquhart (Trinidad y Tobago, 1946), presidente de Omega, asegura que la atracción masculina por los relojes encierra una cualidad más próxima a los sueños que a la utilidad de una máquina para medir el tiempo.

POR ELENA CASTELLÓ 

«Para saber la hora, existen muchos otros objetos, como el móvil», asevera. Es innegable que sabe de lo que habla, porque ha pasado su vida entre joyas de alta relojería. Estudió Economía en la Universidad de Neuchatêl (Suiza) y poco después ya estaba en el departamento de márketing de Omega, en la localidad suiza de Bienne, su sede central y corazón de la industria relojera de lujo. En 1999 se convirtió en presidente de la firma tras pasar por Audemars Piguet, Jaeger Le Coultre o Blancpain. Amante del golf, la lectura y los viajes, Urquhart conoce sin duda lo que significa la medida del tiempo y su valor como símbolo de estabilidad, tradición e historia. «Pero un reloj se adquiere por algo más, algo diferente una necesidad emocional», afirma. A él mismo le cuesta distinguir entre su faceta como profesional y la personal cuando hablamos de las cualidades que debe tener un experto en el negocio de la alta relojería. «Bueno, en los últimos treinta años ha surgido una enorme especialización, con publicaciones, investigaciones, foros…», empieza diciendo, para añadir «Pero no creo que haya que ser un experto en ese sentido para apreciar el valor de un reloj. El secreto es que te guste. Te gusta o no te gusta y te hace feliz llevarlo. Eso es lo más importante. Es un objeto pequeño, no es fácil encontrar el que te va».

El último reloj de la casa, el Globemaster, con su sobrio diseño inspirado en los míticos modelos Constellation creados en los años 50 y 60 la icónica esfera denominada pie pan (como los bordes angulados de una tarta) y rodeada por un bisel estriado, es el primer reloj Master Chronometer del mundo, un nuevo estándar de calidad establecido por la industria relojera en 2015, basado en ocho criterios de funcionamiento y resistencia los criterios METAS del Instituto Federal Suizo de Metrología, que se suman a los habituales COSC (Contrôle Officiel Suisse des Chronomètres). Cada pieza del nuevo diseño llega al cliente con su certificado individual numerado, como un DNI que muestra el comportamiento en esas pruebas del reloj que ha adquirido.

Los criterios METAS miden el funcionamiento de cada reloj en condiciones de uso diario, pero también en condiciones extremas como la exposición a campos magnéticos de 15.000 gauss. Los imanes comerciales más potentes no superan los 4.000 gauss, así que probablemente no sea esta la razón principal para adquirir un Globemaster. ¿O quizá sí? «Ese es precisamente el núcleo de su atractivo y, en general, de las piezas de relojería de alta tecnología explica el presidente de Omega la fuerza que encierran, el hecho fascinante de que el reloj puede seguir intacto, pase lo que pase, desafiando al propio tiempo». La cambiante tecnología lo acerca más a la permanencia. Por eso, «vanguardia tecnológica y fidelidad a la tradición de una marca histórica son las dos caras de una misma moneda en la alta relojería», asegura.